Coaching con humor VIII; Séptima sesión

Llego a mi séptima sesión y, por primera vez en mi vida, no siento que voy a que me pasen la ITV emocional. He pasado la semana practicando lo de «ignorar al comercial interno» y, aunque el tío es persistente y me ha intentado vender tres «seguros contra el ridículo» y una «póliza de soltería amarga», le he colgado el teléfono antes de que dijera «dígame».

Entro en la consulta y mi Coach está ahí, sentada con las manos entrelazadas. Hoy no lleva esa chaqueta impecable; lleva un jersey de punto un poco grande y se le ve en la mirada que ella también ha tenido una semana de esas en las que el mundo pesa un poquito más de la cuenta.

— Yo: (Sentándome y soltando el bolso con un suspiro de alivio) Coach, hoy te veo… no sé, más «terrenal». Como si te hubieras bajado del pedestal de la perfección. ¿Ha sido una semana de esas de «borrar y cuenta nueva»?

— Mi Coach: (Esboza una sonrisa cansada pero muy auténtica, de las que te llegan a los ojos y te hacen sentir que no eres un bicho raro) Pues mira, sí. He tenido un par de sesiones que me han removido hasta los cimientos y, para rematar, anoche no pegué ojo dándole vueltas a un asunto personal. Al final, por mucho que sepa de psicología y de herramientas, a veces yo también me quedo mirando el techo preguntándome si lo estoy haciendo bien. Es lo que tiene ser humana, que el manual de instrucciones a veces viene en japonés.

Esa confesión me deja muda un momento. Me encanta que no intente ser un gurú de la felicidad constante. Me hace sentir que estamos en el mismo bando, dos mujeres lidiando con el caos del día a día.

— Yo: Pues mi semana de «Soberanía» ha tenido su aquel, fíjate. Me fui a cenar sola el jueves. Sí, ¡sola! Al principio me sentía como si tuviera un foco encima y un cartel luminoso que decía «Pobrecita, no tiene a nadie», pero luego me puse a leer mi libro, me pedí un vino tinto de los buenos y… oye, ¡qué paz! La Drama Queen intentó entrar en el restaurante un par de veces para decirme que todo el mundo me miraba con pena, pero le dije que estaba ocupada disfrutando del solomillo y que se fuera a dar una vuelta por el parque.

— Mi Coach: (Se ríe y se inclina hacia delante con un interés genuino, apoyando los codos en sus rodillas) ¡Esa es mi chica! Eso es un paso de gigante. Has pasado de «sobrevivir» a la soledad a «disfrutar» de tu propia compañía. Pero cuéntame… ¿qué pasó por tu cabeza cuando pediste la cuenta y te diste cuenta de que nadie te había «salvado» de la velada?

— Yo: Pues… me sentí orgullosa, la verdad. Pero luego me vino un pensamiento de esos que te pinchan el globo. Pensé: «Vale, esto está muy bien para un jueves, pero ¿y si esto es lo único que hay? ¿Y si me acostumbro tanto a estar sola que ya no sé estar con nadie? ¿Y si mi independencia se convierte en una muralla?». Me entró un vértigo de esos que te revuelven el estómago, Coach.

— Mi Coach: (Se queda mirándome fijamente, con mucha calma, dejando que mis palabras reposen en el aire) Ese vértigo es el miedo a la libertad real. Hasta ahora, tu «seguridad» era una jaula: si tenías pareja estabas a salvo (aunque estuvieras mal), si no la tenías estabas en peligro. Ahora que has abierto la puerta de la jaula, el cielo te parece demasiado grande y te asusta perderte. Pero escucha esto: la seguridad no es saber que alguien te va a dar la mano siempre para cruzar la calle. La seguridad es saber que, si nadie te la da, tú tienes dos manos fuertes para sujetarte a ti misma. No es elegir entre soledad o compañía; es saber que en cualquiera de los dos casos, tú estás «bien construida» por dentro.

— Yo: (Me quedo un rato en silencio, masticando la frase, sintiendo cómo baja hasta las tripas) O sea, que no tengo que buscar a nadie para que me «complete», sino para que me «acompañe». Y si no hay nadie, sigo estando completa.

— Mi Coach: ¡Exacto! Eres una Mujer Soberana. De esas que si tienen pareja es porque quieren, no porque la necesiten para que la sociedad les dé el visto bueno. Esta semana vamos a trabajar el «Derecho a la No Explicación». Se acabó el ir por el mundo pidiendo perdón por no encajar en el molde de los demás.

La Tarea de la Semana: ¡Cero Explicaciones y Cero Disculpas!

La lección de hoy ha sido brutal por su sencillez: no le debo una justificación de mi vida a nadie. Mi felicidad no es un juicio público.

Lo que me llevo:

Que la Coach también tiene noches en vela y que eso nos hace compañeras de viaje. Que mi vida es privada y soberana, y que no tengo que dar pruebas de mi valor a nadie.

Mi Acción:

1. La Respuesta Corta: Si alguien me pregunta por qué hago algo o me cuestiona un plan (o la falta de él), voy a responder sin dar explicaciones extra. Un «Porque me apetece» o un «Es lo que he decidido» es una frase completa. No hay un «pero» después.

2. El Espejo de Soberanía: Cada mañana, al mirarme, en vez de buscarme fallos o canas, voy a decirme: «Yo mando aquí». Suena un poco a película de acción de los ochenta, pero oye, ¡funciona para ponerse la corona!

Mi Coach me despidió con un gesto de complicidad, casi como un secreto compartido entre dos personas que saben algo que los demás ignoran. «Eres la jefa de tu metro cuadrado», me dijo. «No dejes que nadie entre a redecorar sin tu permiso, que para eso la casa es tuya».

Me voy de la sesión sintiendo que mi silla de «copiloto» está cada vez más cerca del volante.

(Estamos en la sesión 7 de 10… ¡y ya he tomado posesión del cargo! ¿Me mantendré firme en mi trono o abdicaré ante el primer comentario tonto en la cola del súper? ¡No te pierdas la octava!).

NOTA: Lo que acabas de leer no es un informe, es el rastro de dos almas que se encuentran en una consulta para recordarse que estar vivo es, básicamente, aprender a no pedirse perdón por ser uno mismo.

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