Coaching con humor IV; Tercera sesión

Llego a mi tercera sesión después de una semana de pruebas de campo intensivas. Y sí, tengo que reconocerlo, la Coach se lució la semana pasada. Eso de que mi cabreo no era por la gente metomentodo, sino por mi propia inseguridad, ¡me dejó K.O.! Una cosa es que te lo digan, y otra que te caiga el meteorito en la cabeza.

Pero bueno, yo ya me he hecho a la idea. Lo he relativizado con humor, como prometí. ¡Problema resuelto!, o eso creía yo, ingenua de mi.

Llego a la consulta. Hoy no tengo esa alegría impostada, tengo una alegría de «misión cumplida» que hasta me he puesto una falda nueva para disimular el pánico.

Ella está ahí, con esa sonrisa de «sé lo que vas a decir, pero te dejo hablar».

En fin, el ceremonial de las sillas, frente a frente. Yo me siento, ella se sienta. Cruzo las piernas, ella cruza las piernas. Ya estamos otra vez. Intento crear un clima de confianza instantáneo, pero solo consigo que parezcamos dos estatuas mirándose.

— Yo: (Rompiendo el hielo a lo bestia) ¡Súper bien, Coach! ¡Lo de la inseguridad lo tengo controladísimo! De verdad. ¡Misión cumplida! ¿Pasamos al objetivo de la próxima semana?

— Mi Coach: (Se acomoda, sonriendo, como la que espera un monólogo, inalterable a mi chorrada inicial) ¿Ah, sí? Cuéntame, ¿cómo ha ido la semana con el compromiso que hicimos?

— Yo: ¡Pues genial! Me he visto en tres situaciones trampa de cotilleo social.

• En la primera, me preguntaron por el novio, y me dieron unas ganas de decirle «¡Y a ti qué más te da!», pero me acordé de mi tarea y solté un «Pues mira, qué bien me lo paso yo sola, ¡y punto!». Y no di explicaciones. ¡Progreso total!

• En la segunda, una vecina me dijo con esa voz de pena: «Ay, qué pena que una chica tan mona como tú esté sola.» Y yo la miré, sonreí con superioridad (o eso creo), y dije: «Tranquila, maja. Mi vida es tan emocionante que nadie me aguanta el ritmo. ¡Es un privilegio!» La dejé tiesa.

• Y en la tercera ya me volví una experta en el arte del escaqueo con gracia. Dije: «Ay, mira, es que mi vida sentimental es tan flipante que la he reservado para mi serie de Netflix. De momento, no hay spoilers.» ¡Me partía de risa yo sola, y la gente se quedó a cuadros!

Yo estaba flipando con mi maestría. Me había dado cuenta de que, si no me lo tomaba como un ataque personal (mi inseguridad), era incluso divertido.

— Mi Coach: Me parece estupendo que hayas usado el humor para lidiar con la presión externa. Pero, dime, ¿cómo te sientes por dentro ahora que ya no tienes que defenderte?

— Yo: ¡Fenomenal! Ya no me siento incómoda. La incomodidad se ha ido.

— Mi Coach: (Me mira fija, y la sonrisa se mantiene, pero la voz se pone seria) Si la incomodidad se ha ido, ¿qué ha quedado en su lugar?

— Yo: (Mi cerebro empieza a hacer clic, clic, clic de error) Pues… tranquilidad. Pero… también… un poco de vacío.

— Mi Coach: Bingo. La incomodidad es solo un ruido. El verdadero problema es la creencia que te hace sentir insegura. ¿Y qué pasa cuando no tienes que defenderte de los demás?

— Yo: (Ahí ya me doy cuenta de la encerrona) Que me quedo a solas con la voz que me dice: «Vale, ya no te lo preguntan, ¿pero de verdad vales tú para conseguir algo mejor?» ¡Joer! ¡Pero si la inseguridad estaba ahí camuflada!

Resulta que la inseguridad es como el ajo. Si la enmascaras con humor (que está muy bien), dejas de oler mal, pero sigue estando ahí, dándole sabor amargo a todo.

— Mi Coach: Exacto. Tu objetivo no es lidiar con la gente; tu objetivo es sentir seguridad. Y la seguridad no se demuestra con chistes, se siente dentro.

— Yo: ¿Y cómo demonios se siente la seguridad? ¿Hay que tomar una pastilla?

— Mi Coach: (Se ríe) No. Vamos a trabajar la creencia de fondo. La inseguridad se quita dándote a ti misma el valor que esperas que te dé un novio o la aprobación social. La inseguridad es falta de auto-aprobación.

— Yo: ¡Hala! ¿Y eso qué es?

— Mi Coach: Es dejar de ponerte peros. Es dejar de buscar la «tara física o mental» que dijiste la semana pasada.

Mi Coach me obligó a crear un plan de ataque directo a la inseguridad, sin gracietas de por medio, en tres fases.

1. El Ejercicio del Espejo Sin Trampas: Cada mañana, mirarme al espejo (sin maquillar, sin hacer el tonto, ¡un drama!) y decir, sin justificar y sin dar explicaciones: «Me apruebo y valgo, y punto.» Si me pongo a reírme, es que estoy boicoteando el ejercicio.

2. Acción Valiente y Cansina: Haré algo que normalmente evitaría por inseguridad, algo que me haga sentir incómoda (Ejemplo: Pedir un favor, aunque me dé pánico molestar). Si me da miedo, es la acción correcta.

3. El Detector de Tonterías: Cada vez que escuche la voz de «no vales», la pararé en seco y la mandaré al rincón de pensar de mi cerebro.

Mi Coach me sentenció: El problema no era mi boca, era mi valor. Si valgo, no me hace falta un novio para demostrarlo.

⭐La Tercera Sesión ha sido un puñetazo de realidad. 

Me obligó a dejar de hacer chistes sobre el tema y a enfrentarme al miedo a mi propio valor.

Ahora, ¿conseguiré hacer el ejercicio del espejo sin salir corriendo? ¿O le diré a mi Coach que he perdido la voz?

(Estamos en la sesión 4 de 10… ¡y la cosa se pone interesante! ¡No te pierdas la próxima entrega!)

NOTA:

Estas sesiones son totalmente ficticias, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, (o quizás no)…

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